Entradas con la etiqueta ‘el amigo americano’

Más que calor

Miércoles, 8 de Enero de 2014

Corrían los primeros noventas y me topé con un grupo que ya existía y funcionaba con una cierta solvencia: El Amigo Americano.  Grababan meritorias maquetas y tocaban a menudo en directo, teloneando a diestro y siniestro. Mi entonces conocido, luego amigo, más tarde amigo del alma y finalmente “mejor-haberlo-dejado-como-estaba” Paco Sánchez (conocido durante años por propios y extraños como ‘McKay”) me metió a regañadientes en la banda. Aunque luego se redimió como gran rockero, él era más del sinfónico-new romantic y que nadie destacara en la formación.

Después de echar del grupo a su novia (a quién años después descubrí como insigne colega de profesión en el mundo de las relaciones públicas), al percusionista y a la teclista, nos quedamos en la quintaesencia de una banda de rock: batería, bajo y guitarra + un tipo que escribía las canciones y actuaba como cuarto instrumentista con el volumen oportunamente bajado. O sea yo mismo.

Además del citado McKay y de quien suscribe, contábamos con la fe y la energía de Tino Sakaridis tocando la batería; y con un extraño virtuoso de la guitarra que lo llenaba todo con su sonido y con su exceso de ponche: el Maestro Alfonso Cañadas.  Durante casi 3 años eso fue El Amigo Americano.

Al grabar nuestro primer disco (a finales del 93) nos quedamos McKay y yo y acabamos en la feliz fusión con Manel, Quique y -más tarde- Joan.

Esta vieja foto reune a los cuatro mosqueteros que defendimos la marca durante ese primer tiempo, con temas como “Canción para Victoria”, “Gasolina” o “Lula”. Si clicas en ella podrás ver una actuación en play-back, en la tele, de cuando lanzamos esa primera grabación, ya con la banda definitiva al completo. Este single (como lo llamábamos entonces) se titulaba “Más que calor”. Una de las poquísimas canciones en que he escrito la letra con alguien. En este caso con Tino. Creo que él puso el psicoanálisis yo puse técnica. Quizás mis padres nunca lo acabaron de entender. Otro día explico más  ¿Vale?

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Una noche en La Garrafa

Lunes, 30 de Diciembre de 2013

La Garrafa, un local situado en el barcelonés barrio de Les Corts. Allí tomé alguna que otra copa de estudiante, en los primeros ochentas. Con el tiempo se  convirtió en una especie de museo dedicado a los Beatles y de allí su migración nominal: “La Garrafa dels Beatles“.

El caso es que hablando con Joan, uno de sus actuales propietarios, surgió la oportunidad de hacer un concierto recoleto e íntimo como solo en ese local se puede hacer. Resueltos como estamos a seguir haciendo conciertos lo hemos tomado como un modesto pero gratificante punto de inflexión. O sea, que seguimos haciendo de estas dentro de bien poco.

De todo el repertorio, os dejo aquí la versión del “You’ve Got to Hide Your Love Away” de los Beatles, especialmente preparada para la ocasión.

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On the road again!

Sábado, 23 de Noviembre de 2013

Quizás este titular suene algo ampuloso, pero es que es bastante así. Es decir, que después de muchos meses volvemos a tocar; a hacer un bolo. Cosas de la vida: hemos conseguido que, a base de escasez, todo parezca extraordinario. ¿Será cosa del marketing casero? Ya os digo que no. Manel me persigue; yo a él… Y así a la recíproca vamos haciendo.

En definitiva, resulta que finalmente tocamos -en riguroso acústico- en La Garrafa el próximo 12 del 12 a eso de las 8 de la tarde. Hemos preparado Manel & myself un repertorio de aquellos para escuchar letras y suspiros. Una mezcla de temas de El Amigo Americano, del disco de Treintaysiete Grados, algunas canciones inéditas y versiones de Dylan, Wilco y Beatles (ésto último por deferencia con el local que nos acoje, pero también por amor al arte).

Previsto está que Quique se nos sume a medio hacer. Os esperamos.

Quique (Manel+Salva)

La aguja y todo lo demás

Domingo, 27 de Octubre de 2013

Estudiante recién llegado a Barcelona, hace justo ahora 33 años. Era una residencia de pipiolos. Cutre por mor de su director y en la que recalé por unas circunstancias que no vienen mucho al caso. Allí conocí a Miguel Ángel, un chaval como yo -de unos 18 años- que estudiaba Ingeniería de no-se-qué y que cantaba y tocaba como los ángeles, no sé si del infierno o de por aquí. O eso me parecía entonces. Era de Pamplona y, tras ese primer año inocente de viaje a ninguna parte, creo que se volvió para Navarra. Enseguida descubrimos que si bien ambos cantábamos y tocábamos la guitarra en nuestro universo personal de post-adolescencia, ese era un ejercicio que podía hacerse en equipo. Y que encima podía quedar bien. Hasta llegamos a tocar con público, en algún pub. Esa es la primera cosa que aprendí con él. Pero también gracias a él descubrí -como mínimo- otras dos cosas importantes en mi vida.

La primera, que existía Bruce Springsteen. Una noche, ya de madrugada, volvió sudando y extraviado de un concierto en el Palau d’Esports de la calle Lleida. A pesar de su entusiasmo recuerdo no haberle hecho mucho caso. Cazurro de mí: el Boss había actuado en Barcelona por primera vez para presentar nada menos que The River!!!

La segunda, que existía Neil Young. Casi nada. Justo de él solíamos versionar Human Highway para quién quisiera escucharnos. Todavía conservo la casette cantando los dos con más de un fallo en la pronunciación inglesa de algunas palabras. Y cuando estábamos de pausa, Miguel Ángel cantaba, él solo, The Needle and The Damage Done (La aguja y el daño hecho). Al interpretarla imitaba perfectamente la difícl voz de Young, pero también ejecutaba un arpegio que me hizo descubrir la magia del fingerpicking. En la canción, el autor se lamenta de que la droga dura se haya llevado a miembros de su banda y amigos muy preciados. Hoy os la ‘regalo’ en una versión en directo de hace relativamente poco (click en la foto).

Neil Young ha influido más en mi música y en forma de tocar de lo que pueda parecer. Creo que ha flotado en la manera de hacer en muchas sesiones de El Amigo Americano y en otras canciones posteriores. Un buen ejemplo es Como respirar, de Canciones de ida y vuelta.

Solo por estos dos detalles (bueno, mucho más que detalles, como puede verse) me quedaré con la voz y la complicidad de este navarro a quien no he vuelto a ver ni a saber de él desde 1981. Estaba algo enfermo pero espero que la energía le haya acompañado. Cosas de la vida, digo.

Neil Young

El último vals (No question about it)

Sábado, 31 de Agosto de 2013

O en el original: “The Last Waltz”. Y en plata, el concierto de despedida de The Band filmado por el gran Martin Scorsese. Tengo la costumbre de visionarla al menos una vez al año. Qué mejor que este agosto a punto de terminar para poner la cruz correspondiente en este 2013. Me cruzo por el pueblo con Pere o con Ferran -respectivamente rockero y motero locales de pro- y les invito a verla en casa acompañados de una botella de Jack Daniel’s. Ya no puedo beber esas glorias. Tampoco creo que se apunten mis paisanos. Por eso, hoy la veré apantuflado en mi butaca y, como mucho, con vino tinto.

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Instauramos la tradición con los muchachos del primer Amigo Americano, (Alf, Paco y Tino) a principios de los noventa. De hecho fue el primer vídeo VHS que tuve: la versión subtitulada en catalán que en su día emitió el Canal33. Aunque aún la conservo, hoy me pondré en DVD, que se escucha y se ve mucho mejor. Eso sí, nada como en el estreno, en el ya extinto cine Bahía de Lleida, con 16 años recién cumplidos. La entrada, en la imagen, lo atestigua.

Levon Helm, Rick Danko y Richard Manuel ya han traspasado. Como dice Robbie Robertson en el film, la carretera se ha llevado a los mejores: Janis, Hendrix, Elvis,… Scorsese le interrumpe diciéndole: “¿Una manera insoportable de vivir?”. Robbie le contesta (y lo prefiero en original): “No question about it”.

El día más largo

Martes, 1 de Mayo de 2012

Mayo. Ya mayo. Qué cacofonía, ¿verdad? Lluvia a destiempo y viento a desmayo. La primavera que no quiere ser como antes porque, sencillamente, es distinta. Es la primavera de otro año. No pasa como con el mes de agosto, que siempre es lo mismo aunque no sea igual. Y este día de hoy, primero de mayo, lleva más de cien horas funcionando. Algo así como el día más largo. “Tu pensamiento dormido entre millones de almas; ya no tendremos más sueño antes del Juicio Final; ya no tendremos más sueño en el día más largo”, que decía aquella canción de El Amigo Americano.

Ha dado tiempo de muchas cosas en pocas horas. El balance: mitad y mitad. Cosas bastante inútiles; otras enriquecedoras; unas pocas inolvidables. He desterrado la tele. Los libros no querían abrirse y el cesped me llegará pronto a la cintura. Los senior conteniendo la respiración para respirar más y mejor todo lo que queda por respirar, que parece entre bastante y mucho. Por de pronto, Julio ya en su casa, recuperado y a punto de liberarse de plásticos y gomas. Saco a pasear a Fernando y al enfilar la bajada frente al hospital nos da la risa; y casi se me va el Maestro en su silla de ruedas pendiente abajo. Acabamos fumando unos cigarrillos de incógnito, tomando el sol. Luego me voy a tomar las medidas de un aseo; compruebo que la sala de las ceremonias está en órden (a pesar del desórden); y me tomo una cerveza doble-malta en una terraza oriental, junto a la Meridiana, para recordar que sigo en Barcelona a pesar de todo.

AIOGWHoy he dado un largo paseo con mi hija pequeña intentando rehuir -a petición suya, espero que en broma- las plazas concurridas del barrio de Gràcia, no sea que la fueran a ver con su padre, así vestido con vaqueros rotos y una sudadera. Al final hemos comido en un restaurante con vocación fashion y un servicio pésimo. Música, estudios, risas, futuro, museos y algo de mis batallitas de gira golfa por media Europa en furgoneta y con veinte años.

A media tarde he pasado por el estudio de Manel y -sin querer- nos suenan de las manos y de la garganta dos o tres canciones preciosas, de esas que sólo las ganas de vivir hacen salir de su capullo. Antes, mientras “lo mestre” afinaba y salía a comprar plátanos para la merienda de la prole, hablé con Joan de cómo están bajando los alquileres en Barcelona. Brindamos con café porque le acaba de fichar una orquesta de baile para hacer bolos todo este verano. Le digo, tú si que harás tu agosto. “Por lo menos, Salva, es música”.

De vuelta a la montaña del Baix Llobregat, en el frankfurt de la plaza se les han acabado los quintos. Me resigno. Alguién tiene ocupado el periódico y escucho cómo un patético parroquiano intenta sonsacarle a la camarera nueva en qué barrio vive. Sin tener que ver una cosa con la otra, la crema de avellanas y los tejemanejes de unos profesionales en hacerse ricos a costa de los últimos coletazos de la crisis me sacuden el fin de mes. Por eso, y por mucho más, mañana voy a bajar un vinilo tras otro de la estantería/museo de mi despacho doméstico. Voy a probar si suenan mejor las canciones con un clavo que con una aguja.

Hace solo un rato intento comprar entradas para Dylan que viene a celebrar mi 50 cumpleaños; pero no salen a la venta hasta el miércoles. Joder, si alguien dice que la vida es aburrida es que o está loco o es que no sabe mirar.

This (was) Rock

Viernes, 27 de Abril de 2012

Mi colega Gabriel Abril (músico, periodista, autor- con algunos exquisitos cds a sus espaldas-, melómano y buceador del rock ) acaba de obsequiarme firmando un artículo en la revista This Is Rock. Su espíritu es de revival; del rollo, qué estabas haciendo hace veinte años.

Gabriel me entrevistó cuando salió ‘Canciones de ida y vuelta’. Él tenía una sección en el programa nocturno de Nando Caballero, en COM Radio, en el que rescataba a músicos que hubiésemos hecho cosas en los ‘90. En mi condición de alma mater de El Amigo Americano le atendí desde el teléfono de baquelita que tenemos en la recepción del geriátrico. Era el perfil que encajaba bien en lo que él buscaba: acabar de sacar un disco y tener una referencia musical de un par de décadas atrás. Me hizo ilusión porque, al margen de su erudicción de coleccionista, Gabriel conoce a Enrique Lindo (el productor del disco) que fue quien realmente llamó su atención sobre las virtudes del mismo. La sensibilidad como músico y la curiosidad como periodista de Gabriel debieron quedar impregnadas de la pasión, siempre desmedida, de Enrique al tocarle y cantarle el álbum en la barra de algún bar. Y conociendo al entrañable Lindo, lo digo literalmente.

Tiene su coña el artículo. Habla de “letras de fuerte raigambre urbana” y de “un universo romántico de carreteras, soledades y ciudades dormitorio”. Me gusta la foto que lo preside, de las muchas buenas que me hizo Alicia Guillén para las ‘Canciones de ida y vuelta’. Gabriel quería ilustrar el texto con una imagen “de cómo eres ahora; no entonces”. La verdad, mejor así. A pesar de algunas inexactitudes sobre fechas o músicos (a quién le importan) me ha hecho ilusión. Casi más que el último fin de semana, que me sacaron a pasear por el jardín con las zapatillas de cuadros y me dejaron fumar un cigarrillo. Gracias, Gabriel.

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Levon

Viernes, 20 de Abril de 2012

Uno de los apóstoles que acompañaron al mesías Dylan durante más de una travesía del desierto acaba de morir, víctima de un cáncer de garganta que le aquejaba desde hacía años. Levon Helm, batería y cantante de uno de los grandes grupos de la historia del rock. Para mí, incluso algo más que eso. Cuando me preguntan por el mejor grupo de la historia nunca digo Beatles, Stones o Kinks, siempre menciono a The Band. Asi de sencillo. Tanto por su historia acompañando a Dylan como -y ahí pongo el acento- por su trayectoria como formación única. Algún historiador yanqui destacó que nadie como ellos habían sido capaces de reflejar en sus canciones la esencia de América. Curiosamente, todos sus miembros eran canadienses, excepto Levon, hijo del profundo sur.

Desde hace tiempo intento ver como mínimo una vez al año la película “The Last Waltz” (”El Último Vals”), creo que del ‘77, firmada por Martin Scorsese. En los últimos años ha sido en pleno mes de agosto cuando he acostumbrado a darle al play. Recién empezados los ‘90, en la primera época de El Amigo Americano (con Tino, McKay y Cañadas), destapábamos más de una botella de Jack Daniel’s para ver la peli. En casa, con zapatillas y guitarra en mano. Recuerdo haber hecho una de estas sesiones apenas un par de horas antes de dar un concierto. Admito el punto de mitomanía, pero tanto así nos tocaba el legado de estos músicos. Para hacerme el enterado les decía -y es la pura verdad- que había visto la película, de estreno, en el cine Bahía de Lleida (ya cerradísimo y finiquitado hace tiempo) teniendo yo 16 años recién cumplidos. Concretamente, la ví el 12 de septiembre de 1978.  ¡Aún conservo la entrada!

El film es un lúcido homenaje a una banda (The Band) que dejaba la carretera después de 16 años y que celebraba su despedida acompañada de un ingente grupo de amigos y colegas con los que habían tenido relación a lo largo de su carrera, todos ellos leyendas de la música: Neil Young, Van Morrison, Eric Clapton, Bob Dylan, Paul Butterfield, Muddy Waters, Neil Diamond, The Staple Singers, Emmylou Harris, etc. 

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Cuando me enteré de que Robbie Robertson (el líder y compositor de The Band) venía a tocar con SAU en su memorable concierto de la Monumental de Barcelona, en el ‘92, envidié profundamente a Pep Sala. Esa rabieta juvenil sólo se me pasó después de conocer a Pep y percibir que estuve cerca de Robbie, aunque sólo fuese por trabar años después amistad con el de Vic. El propio Pep me explicaba que casi llegan tarde a la plaza de toros porque el canadiense (descendiente de indios americanos – como Levon) perdió la noción del tiempo aullando a la Luna desde la azotea de su hotel. Buena enseñanza.

La imagen de Levon Helm que recordaré siempre es su interpretación de “The Night They Drove Old Dixie Down” recogida en El Último Vals, que aquí os dejo. Épica y epidérmica canción que conecta con la sensibilidad sudista de la Guerra Civil americana. Además, los arreglos de viento que se hicieron especialmente para la película acentúan la catarsis.

Levon decía que cantar y tocar la batería a la vez determinaba una manera especial de hacer ambas cosas. Sobre todo cantar. Aquí está la prueba.

Por la carretera de Sintra…

Viernes, 2 de Diciembre de 2011

Recién llegado de Lisboa reviso papeles y fotos. Me doy de bruces con Fernando Pessoa. Redescubro en la pantalla del ordenador una original escultura de bronce ubicada en el centro de la ciudad, en una plazoleta del barrio del Chiado, frente a la casa donde nació el poeta. Acababa entonces de comer un excelente bacalao (qué, si no) y me senté cerca de ella. Una feliz coincidencia hace que el escritor y alma portuguesa por antonomasia que fue Pessoa, coincida con la fragancia de tristeza que envuelve al propio país. No sé si es solamente un tópico, pero funciona en el ánimo del viajero y del lector curioso. Otra afortunada -y bonita- coincidencia: “Pessoa” significa “persona” en castellano.

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Dándole vueltas a la otra “sinhueso” (la una es la lengua; la otra es la masa cerebral) recordé una de las primeras canciones que cantamos con El Amigo Americano. Le pusimos música (una especie de mantra rockero) a uno de sus poemas.

El inicio del mismo evocaba mucho: “Al volante del Chevrolet, por la carretera de Sintra…”. Mientras, justo la noche antes, mi amigo Carles Peyra me llevaba hacia Estoril, a cenar en su casa, en familia (velada inolvidable que merece capítulo aparte), dejamos a nuestra derecha una carretera que conducía a Sintra. Aparecía sinuosa, oscura. Tras ver el letrero yo seguía escuchando a mi amigo, pero mi débil corazón se acordaba del sudor y de la guitarra eléctrica de segunda mano.

Nunca llegamos a grabar esa canción, aunque todavía conservo algún inaudible directo sólo apto para coleccionistas irredentos, tocado allá a principios de los 90. Destrozamos la poesía para adaptarla al formato urgente y desmedido del rock’n'roll. De hecho, tan sólo conservamos unos pocos versos respecto del original. Pero todavía es un bonito recuerdo.

 

 Este es el poema original, traducido al castellano:

Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra,
al claro de luna y al sueño, en la carretera desierta,
solitario manejo, manejo casi despacio, y un poco
me parece, o me esfuerzo un poco para que me parezca,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,
que sigo sin que haya Lisboa atrás dejada o Sintra a la que llegar,
que sigo, ¿y que más puede haber en seguir sino no parar, proseguir?

Voy a pasar la noche en Sintra por no poder pasarla en Lisboa,
pero, cuando llegue a Sintra, sentiré la pena de no haberme quedado en Lisboa.
Siempre esta inquietud sin propósito, sin nexo, sin consecuencia,
siempre, siempre, siempre,
esta excesiva angustia del espíritu por ninguna cosa,
en la carretera de Sintra, o en la carretera del sueño, o en la carretera de la vida…

Maleable a mis movimientos subconscientes del volante,
abajo salta conmigo el automóvil que me prestaron.
Sonrío por el símbolo, de pensar en él, y al doblar a la derecha.
¡En cuántas cosas prestadas yo sigo en el mundo!
¡Cuántas cosas que me prestaron manejo como mías!

A la izquierda la casucha -sí, la casucha-, al borde del camino.
A la derecha el campo abierto, con la luna a lo lejos.
El automóvil, que hace poco parecía darme libertad,
es ahora una cosa donde estoy encerrado,
que puedo conducirlo sólo si estoy encerrado en él,
que domino sólo si me incluyo en él y él me incluye.

A la izquierda, ya atrás, la casucha modesta, menos que modesta.
Allí la vida debe ser feliz, sólo porque no es la mía.
Si alguien me vio desde la ventana de la casucha soñará: aquel sí que es feliz.
Tal vez al niño que espiaba por los vidrios de la ventana del piso superior.

Tal vez yo haya quedado (con el automóvil prestado) como un sueño, como un hada real.
Para la muchacha que al oír el motor miró por la ventana de la cocina,
desde el piso de abajo.
Soy algo del príncipe de todo corazón de muchacha,
y ella me mira de reojo, por los vidrios hasta la curva en que me pierdo.

Dejaré sueños atrás de mí, ¿o es el automóvil el que los deja?
Yo, conductor del automóvil prestado, o ¿el automóvil prestado que conduzco?

En la carretera de Sintra al claro de luna, en la tristeza, ante los campos y la noche,
mientras conduzco el Chevrolet prestado desconsoladamente,
me pierdo en la carretera futura, me sumo en la distancia que alcanzo,
y en un deseo terrible, súbito, violento, inconcebible,
acelero…

Pero mi corazón quedó en el montón de piedras que esquivé al verlo sin verlo,
junto a la puerta de la casucha,
mi corazón vacío,
mi corazón insatisfecho,
mi corazón más humano que yo, más exacto que la vida.

En la carretera de Sintra al filo de la medianoche, al luar, al volante,
en la carretera de Sintra, qué cansancio de la propia imaginación,
en la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra,
en la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí…

La venganza de Mariela

Domingo, 13 de Noviembre de 2011

Hace ya tiempo que quería hablar, aunque fuera brevemente, de mi amigo y maestro en las lides audiovisuales: Luis Cabeza. Él, sin quererlo, ya está muy presente en este blog. Sin ir más lejos nos grabó un impagable making of de las sesiones de grabación de ‘Canciones de ida y vuelta’; sale como extra (un turista accidental) en el vídeo ‘Nada que perder’; o tuvo a bien colgar un breve montaje de algunos minutos en directo en la Sala Vivaldi.

Pero, con independencia de todo lo anterior, Luis es un buen amigo desde hace años, desde que -como dos artistas despistados- coincidimos en una agencia de comunicación de cuyo nombre es difícil acordarse. No sé si su reciente paternidad le va a hacer bajar el ritmo, pero desde que le conozco ha estrenado cuatro cortometrajes. Escribo de memoria: ‘Conciencia’ (en que utilizó la canción de El Amigo Americano “Me gustan los milagros” para los créditos de cierre); ‘Repelús’ (en este ganamos un premio a la mejor banda sonora entre Manel Segarra, yo mismo y el propio Luis); ‘Engendro’ (genial, con el popular Toni Albà de protagonista); y el reciente y flamante ‘La venganza de Mariela’ http://lavenganzademariela.blogspot.com/, una original revisión de la leyenda de la “chica de la curva”. Hace un par de días que se proyectó en el festival Filmets de Badalona, y esa percha de actualidad me ha traído a la memoria tanto a Luis como a su mundo cinematográfico. Luis, la pregunta del millón: ¿para cuándo el ‘largo’?

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