Mayo. Ya mayo. Qué cacofonía, ¿verdad? Lluvia a destiempo y viento a desmayo. La primavera que no quiere ser como antes porque, sencillamente, es distinta. Es la primavera de otro año. No pasa como con el mes de agosto, que siempre es lo mismo aunque no sea igual. Y este día de hoy, primero de mayo, lleva más de cien horas funcionando. Algo así como el día más largo. “Tu pensamiento dormido entre millones de almas; ya no tendremos más sueño antes del Juicio Final; ya no tendremos más sueño en el día más largo”, que decía aquella canción de El Amigo Americano.
Ha dado tiempo de tantas cosas en pocas horas. El balance, mitad y mitad: unas bastante inútiles; otras enriquecedoras; unas pocas inolvidables. He desterrado la tele. Los libros no querían abrirse y el cesped me llegará pronto a la cintura. Los senior conteniendo la respiración para respirar más y mejor todo lo que queda por respirar, que parece entre bastante y mucho. Por de pronto, Julio ya en su casa, recuperado y a punto de librarse de plásticos y gomas. Saco a pasear a Fernando y al enfilar la bajada frente al hospital nos da la risa y casi se me va el Maestro en su silla de ruedas pendiente abajo. Acabamos fumando unos cigarrillos de incógnito, tomando el sol. Luego me voy a tomar las medidas de un aseo; compruebo que la sala de las ceremonias está en órden (a pesar del desórden); y me tomo una cerveza doble-malta en una terraza oriental, junto a la Meridiana, para recordar que sigo en Barcelona a pesar de todo.
Hoy he dado un largo paseo con mi hija pequeña intentando rehuir -a petición suya, espero que en broma- las plazas concurridas del barrio de Gràcia, no sea que la fueran a ver con su padre, así vestido con vaqueros rotos y una sudadera. Al final hemos comido en un restaurante con vocación fashion y un servicio pésimo. Música, estudios, risas, futuro, museos y algo de mis batallitas de gira golfa por Europa en furgoneta y con veinte años.
A media tarde he pasado por el estudio de Manel y -sin querer- nos suenan de las manos y de la garganta dos o tres canciones preciosas, de esas que sólo las ganas de vivir hacen salir de su capullo. Antes, mientras “lo mestre” afinaba y salía a comprar plátanos para la merienda de la prole, hablé con Joan de cómo están bajando los alquileres en Barcelona. Brindamos con café porque le acaba de fichar una orquesta de baile para hacer bolos todo este verano. Le digo, tú si que harás tu agosto. “Por lo menos, Salva, es música”.
De vuelta a la montaña del Baix Llobregat, en el frankfurt de la plaza se les han acabado los quintos. Me resigno. Alguién tiene ocupado el periódico y escucho cómo un patético parroquiano intenta sonsacarle a la camarera nueva en qué barrio vive. Sin tener que ver una cosa con la otra, la crema de avellanas y los tejemanejes de unos profesionales en hacerse ricos a costa de los últimos coletazos de la crisis me sacuden el fin de mes. Por eso, y por mucho más, mañana voy a bajar un vinilo tras otro de la estantería/museo de mi despacho doméstico. Voy a probar si suenan mejor las canciones con un clavo que con una aguja.
Hace solo un rato intento comprar entradas para Dylan que viene a celebrar mi 50 cumpleaños; pero no salen a la venta hasta el miércoles. Joder, si alguien dice que la vida es aburrida es que o está loco o es que no sabe mirar.